El siguiente texto fue pensado como un postfacio para la
excelente edición de Peter Kampf Lo Sabía publicada por Ojo de Pez. Es decir
que está lleno de spoilers y conviene leerla solo después de la historieta. En
la edición definitiva del libro se incluyó otra historieta del duo
Trillo-Mandrafina y una breve parte de este texto, algo modificado, sirvió como
introducción.
A principios de los ‘80 apareció en la Argentina una revista
de historietas muy diferente a las que existían por entonces. Se llamaba
SuperHumor, pero el nombre tenía que ver más con una cuestión de parentesco que
de contenido, ya que se trataba de una publicación hermana de la popular Humor Registrado, que desde 1978
le hacía morisquetas a la dictadura. En las páginas del primer número de
SuperHumor, en un artículo titulado “Los Héroes Cansados” Carlos Trillo se
preguntaba: “¿No se aburren estos héroes
que son como empleados bancarios condenados a la repetición incesante? (…) Un héroe
de historieta está sentado en su bufete de investigador privado, recibe la
visita de una pelirroja que le pide que averigüe una cosa, y él va, descubre al
asesino y besa a la pelirroja, olvidándose por un momento (licencia romántica)
de tomar el bourbon berreta que le sirve Tommy en el bar de Quinta y 42. Creo
que hay que cambiar un poquito. Y contar otras cosas. La historieta, como el
cine y la literatura necesita abrir el juego temático”.
Detectives, corsarios, bárbaros, soldados, cowboys
solitarios… los kioscos estaban llenos de revistas pobladas por esos héroes que
seguían cabalgando y navegando, encontrando a cada paso una mujer de pechos
turgentes a la que rescatar o enamorándose de la enfermera casada que debía
volver con su esposo paralítico. Las tramas folletinescas y los esquemas
maniqueos les evitaban a algunos editores tener problemas con la dictadura.
Después de todo no metían “ideas raras” en la cabeza del lector ni lo alentaban
a reflexionar acerca de quienes eran los “buenos” y los “malos” de las
historias.
En SuperHumor, en cambio, se le enseñaba a cuestionar esos
lugares comunes, y a sospechar de las cosas cómo se supone que son. En las
historietas que Trillo y Mandrafina hicieron por entonces, la presión social
podía hacer que un hombre olvidara sus sueños y se abandonara al infierno de
una vida rutinaria. O que se sometiera a un “procesamiento” por medio del cual
podía volverse tan trivial y vacío como sus amigos y no sufrir así la soledad
que implica ser diferente.
En la inconclusa “Ulises Boedo” (y anticipándose años a The
Matrix) una misteriosa secta le enseñaba a un típico porteño a ver más allá de
la supuesta realidad de su barrio. Quizás la historia que resumía mejor la
necesidad de una mirada crítica era “La Muralla”, donde

