sábado, 30 de abril de 2016

Para leer a Peter Kampf.



El siguiente texto fue pensado como un postfacio para la excelente edición de Peter Kampf Lo Sabía publicada por Ojo de Pez. Es decir que está lleno de spoilers y conviene leerla solo después de la historieta. En la edición definitiva del libro se incluyó otra historieta del duo Trillo-Mandrafina y una breve parte de este texto, algo modificado, sirvió como introducción.

1. Más allá del Bien y del Mal.

A principios de los ‘80 apareció en la Argentina una revista de historietas muy diferente a las que existían por entonces. Se llamaba SuperHumor, pero el nombre tenía que ver más con una cuestión de parentesco que de contenido, ya que se trataba de una publicación hermana de  la popular Humor Registrado, que desde 1978 le hacía morisquetas a la dictadura. En las páginas del primer número de SuperHumor, en un artículo titulado “Los Héroes Cansados” Carlos Trillo se preguntaba:  “¿No se aburren estos héroes que son como empleados bancarios condenados a la repetición incesante? (…) Un héroe de historieta está sentado en su bufete de investigador privado, recibe la visita de una pelirroja que le pide que averigüe una cosa, y él va, descubre al asesino y besa a la pelirroja, olvidándose por un momento (licencia romántica) de tomar el bourbon berreta que le sirve Tommy en el bar de Quinta y 42. Creo que hay que cambiar un poquito. Y contar otras cosas. La historieta, como el cine y la literatura necesita abrir el juego temático”.
Detectives, corsarios, bárbaros, soldados, cowboys solitarios… los kioscos estaban llenos de revistas pobladas por esos héroes que seguían cabalgando y navegando, encontrando a cada paso una mujer de pechos turgentes a la que rescatar o enamorándose de la enfermera casada que debía volver con su esposo paralítico. Las tramas folletinescas y los esquemas maniqueos les evitaban a algunos editores tener problemas con la dictadura. Después de todo no metían “ideas raras” en la cabeza del lector ni lo alentaban a reflexionar acerca de quienes eran los “buenos” y los “malos” de las historias.
En SuperHumor, en cambio, se le enseñaba a cuestionar esos lugares comunes, y a sospechar de las cosas cómo se supone que son. En las historietas que Trillo y Mandrafina hicieron por entonces, la presión social podía hacer que un hombre olvidara sus sueños y se abandonara al infierno de una vida rutinaria. O que se sometiera a un “procesamiento” por medio del cual podía volverse tan trivial y vacío como sus amigos y no sufrir así la soledad que implica ser diferente.
En la inconclusa “Ulises Boedo” (y anticipándose años a The Matrix) una misteriosa secta le enseñaba a un típico porteño a ver más allá de la supuesta realidad de su barrio. Quizás la historia que resumía mejor la necesidad de una mirada crítica era “La Muralla”, donde
una niña veía desde su ventana que los enemigos franqueaban la supuestamente inexpugnable muralla de su ciudad, y matando a la gente a su paso. Al tiempo que los asesinos entraban en su casa, los padres (sin quitar la vista de la televisión) la tranquilizaban: “No puede ser, ¿no ves lo que dice la tele?”

2. Todo lo humano me es ajeno.

Paul Laudic es todo lo contrario a alguien que hubiese pasado su adolescencia leyendo historietas como la descrita más arriba. Afortunadamente Trillo sabe como hacer que el lector no se identifique con él. Una primera pista acerca del carácter del personaje está en su actitud frente a Karin Milas, que trata infructuosamente de arrancarlo de su indiferencia.
Cuando envuelta apenas en una toalla le insinúa que tomen una ducha juntos, él prefiere ir al museo a examinar las tiras de Al Hit. Más tarde ella le comenta sugestivamente que conoció a un hombre, a un periodista que la invitó a cenar a solas. Y en lugar de despertar sus celos, la única respuesta que obtiene es de entusiasmo, porque este periodista trabaja en el diario donde publicaban las tiras de Peter Kampf y podría facilitarle el acceso a los archivos. “Imbécil”, piensa Karin en ambas ocasiones, y con razón.
Ella también se indigna cuando sospecha que él no la escucha ¿Cuántas veces tiene que explicarle acerca de la masacre y el nombre que le dan los yanquis al territorio ahora anexado? Es algo que ella le contó nada menos que la noche en qué se conocieron. Pero Paul es completamente ajeno a otra cosa que no sea su pasión por las historietas. Camina por las calles de Manhattan sin siquiera advertir la paliza que le dan a un negro en connivencia con la policía; no le importa tener que amordazarse la boca para poder caminar entre los manifestantes, ni se le ocurre abandonar las oficinas de Joseph Goebbels luego de que éste lo hace torturar por uno de sus esbirros.
Tampoco ve en las tiras de Al Hit nada reprochable ideológicamente, ni en los originales ni en las que están retocando en la agencia publicitaria, y en las que el papel de villanos cambia de judíos a chicanos. No piensa en Karin, que será víctima directa de ese tipo de propaganda. Y aunque sospecha algo extraño en relación a su destino, no llega a vislumbrar que su propio final está profetizado por la historieta que tanto ama.
Karin sí ve todo aquello que Paul ignora. A través de su mirada el lector ve inequívocas señales de violencia: las botas pisoteando charcos de sangre, la publicidad con contenidos racistas, la total indiferencia ante la represión y la propaganda política que proclama “América es el mundo”.

3. América para los americanos

Paul sale hacia el museo y Karin se queda sola, semidesnuda y triste en el hotel. Prende el televisor y un locutor dice “En estos momentos, en Nueva York, miles de adeptos a la candidatura de John Wayne manifiestan con las bocas amordazadas, instando al gobierno a quitarse la venda de la boca y proclamar que América es el imperio legítimo del siglo veinte”.
Cinco años después de la publicación original de la historieta y dos años después de la caída del Muro de Berlín un grupo de importantes hombres de negocios fundaron el PNAC (The Project for the New American Century). Esta “organización educativa sin fines de lucro” según su manifiesto, está basada en la creencia de que “el liderazgo americano es beneficioso tanto para América como para el mundo; que tal liderazgo requiere poderío militar, energía diplomática y principios morales”. Los creadores de esta organización “sin fines de lucro” eran empresarios del petróleo que formaron luego parte del gabinete de estado de George W. Bush y se beneficiaron de las guerras de Afganistán y Medio Oriente.
Uno estaría tentado a ver en la historieta de Trillo y Mandrafina una premonición, sino fuera porque desde mucho antes de que los nazis reclamaran espacio vital, los Estados Unidos creían en el “destino manifiesto” de su liderazgo bajo el lema “América para los americanos”.
Cuando Paul pregunta “¿Qué es el patio trasero?” Karin le explica por enésima vez que así llaman los yanquis a todo lo que estaba por debajo de su antiguo territorio, tierras ahora anexadas. Y si bien Trillo no nos especifica cuántos países han sido adicionados en la ficción de la historieta, la misma vocación colonialista se halla registrada en los libros de historia. La utilización, por ejemplo, del sitio de El Álamo (un asentamiento ilegal cuyos supuestos mártires eran en su mayoría delincuentes y esclavistas) como excusa para hacer una guerra con México y  quedarse así con la mitad de su territorio. Los golpes de estado que han organizado para beneficiar a sus compañías fruteras y petroleras en Nicaragua, El Salvador o Venezuela. Incluso han hecho docencia en materia de tortura y secuestro de personas (eso que el periodista Steve Traven no puede creer que esté pasando en una calle de Nueva York).
Es como dice Karin: “En el patio trasero se puede arrojar basura, porque los vecinos solo miran el jardin de adelante”.

4 He visto al enemigo y somos nosotros

Karin Milas tiene un rostro único, desconcertante. Es difícil decir si sus rasgos son semíticos, turcos o aindiados. Es lo de menos, lo que importa son las reacciones que provoca. Cuando Steve la defiende de los manifestantes, el argumento que esgrime es que “no es negra ni judía, solo extranjera”. Ella es el otro, es lo desconocido que ellos odian y temen. Ese rostro es un desafío.
Lo es también porque en el rico y diverso mundo de la historieta, difícilmente hallemos un personaje femenino tan alejado de lo que Hollywood nos hace creer que es la belleza. Nunca, en las historietas de aventuras que mencionábamos al principio, dónde héroes impolutos castigan a los que sin ninguna duda son “villanos” (los malos suelen tener narices ganchudas o cortes punk), Karin hubiese podido ser el interés romántico. Y de haberlo sido, tampoco habría sido vista con buenos ojos por los voraces lectores de esas historias.
El racismo suele alimentarse de esas mentiras. Las películas que la directora de cine Leni Riefenstahl filmó para la Alemania de Hitler estaban protagonizadas por altos, rubios y atléticos especimenes humanos, pero en las fotos publicitarias donde ella posa junto a la plana mayor del régimen nazi la vemos rodeadas de unos tipos petisos, gordos y morochos.
La publicidad, el arma principal de Herr Goebbels, no se queda atrás cuando se trata de estas caracterizaciones. No hay mucha diferencia entre la gaseosa que “aumenta su consumo instando que no se la vendan a chicanos y a negros” y una publicidad televisiva de la Argentina actual que muestra cómo con una resistente puerta blindada una familia puede estar “a salvo” de lo que parte de la sociedad identifica como “negros” (pero negros de acá) o “villeros”. A su vez, ese discurso que se vuelve peligrosamente común se halla potenciado por el periodismo que trabaja para los intereses económicos de sus dueños. Hacerle creer a la gente que la solución de sus problemas está en “matar a todos los negros”, “quemar las villas miseria” (o cercarlas, como propuso alguna vez un representante de la derecha) es mucho más fácil de lo que todos querríamos creer.
Por eso, conviene leer “Peter Kampf lo sabía” con esa mirada crítica que desde siempre existió en las historietas de Carlos Trillo. Con él, los lectores se acostumbraron a desconfiar, a no creer en todo a pie juntillas solamente porque dice la tele. Aprendieron también a desconfiar de los héroes, de los ídolos y los salvadores. Y algunas enseñanzas sirven para siempre.



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